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viernes, 10 de mayo de 2013

Todos nosotros



 Ya no recuerdo lo que éramos antes de ser olvidados
 Posiblemente nos lo van a decir mañana
 La ciencia avanza a pasos de gigante
 Posiblemente nos harán más jóvenes mañana
 
 Mañana es un buen día para seguir esperando
 Posiblemente nos queda todavía mucho tiempo
 Y en mucho tiempo es posible que descubran
 Qué es lo que seremos después de mañana

 Posiblemente ya no se acuerdan de que existimos
 Nos hicieron muy pequeños para mañana
 Por la mañana iremos a buscar un empleo
 Es posible que no existamos mañana

                                    Guillermo Molina Morales

Me siento muy a gusto frente a la chimenea,
 el suave crepitar de las llamas
 me relaja y vacía.

 Cuesta encender un fuego, como cuesta
 que se eleve el espíritu de un sueño
 por encima del barro,
 que un amor cobre forma, que una amistad se asiente.
 Son necesarios leños,
 pastillas de gasoil y algunas ramas;
 además de paciencia.

 Por las ventanas vemos la tormenta de nieve.
 La ira de los copos contraviene a la lumbre,
 la niega, aunque comparte su destino
 de belleza fugaz.
 Las montañas y lagos desconocen
 esta condena al límite;
 el miedo a que las cosas no perduren,
 ni tan siquiera tú.

 Bailemos en la alfombra.

 Deseo acariciarte en la penumbra,
 poseer tu certeza iluminada
 por la hermosura efímera del fuego.

                                                        Ariadna G. García

jueves, 9 de mayo de 2013

Como cada mañana





Ahora sé

que estas calles nos han hecho solitarios
y nuestro corazón
tiene el pulso amarillo
de las maderas lentas de un tranvía.



Sobre su cuerpo viejo

andábamos despacio, de forma irregular,
con una simetría parecida a los árboles.



Era hermoso acudir

cada mañana
y respetar la cita con la hiedra
del muro,
los ropajes cansados de las casas estrechas
y de las calles sucias. Agradable
cruzar sobre algún puente,
detenerse lo exacto
para ver cómo el agua discute en las orillas.



En su jardín olimos

los primeros inviernos, su curso indefinido
por entre las palmeras.
Casi nadie pasaba,
sólo había
cuarenta sillas rojas
de los bares cerrados y alguna soledad
definitiva.



Durante muchos años,

durante tantos días que pasaron
el uno tras el otro,
el deber era un cierto paseo solitario,
la cita con un rumbo que sólo desviamos
para pisar las horas que caían,
los sueños que faltaban,
la superficie helada de los charcos,
para saltar los setos
o besamos las uñas moradas por el frío.
Y llegando a la puerta solíamos comprar
pequeños caramelos de nata o de violetas.



Entrábamos por fin para mezclamos

como cada mañana de la vida
con el paso cansado, los azulejos fríos
de un mundo hecho en latín
y números romanos.



Ahora sé

que en aquella ciudad deshabitada
la gente andaba triste,
con una soledad definitiva
llena de abrigos largos y paraguas.

                                    Luis García Montero