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domingo, 30 de septiembre de 2012



He metido las manos en el fuego
por saber si era cierto su suplicio
y supe -el si era o no lo supe luego-
que el saber esperar ya no es mi oficio.

Y lo es desesperar, quiera o no quiera,
y es el seguir no hallándote en lo oscuro
de esto que llaman llanto por ahí fuera
y yo de que es mi vida estoy seguro.

Y aunque tu mano tarda, a mí me duele
como si no llegara nunca. Ahora
me entretengo en trenzar melancolía.

Después vendrá la pena como suele
venir: para avisarme que es su hora;
y el estar solo a hacerme compañía.

 


                                                          Aníbal Núñez

 


El amor está en lo que tendemos
(puentes, palabras ).

El amor está en todo lo que izamos
(risas, banderas).

Y en lo que combatimos
(noche, vacío)
por verdadero amor.
El amor está en cuanto levantamos
(torres, promesas).

En cuanto recogemos y sembramos
(hijos, futuro).

Y en las ruinas de lo que abatimos
(desposesión, mentira)
por verdadero amor.



                                                    José Ángel Valente


 


Se van muriendo uno tras otro
como en las películas de náufragos
o de aviones estrellados en neveros incógnitos.

Sucumbió el portero de fútbol catequístico
y el bailarín de valses bajo la luz periódica de un faro

y el estudiante que sueña
un verano arqueológico en Egipto

y el insensato que sufre por unos ojos
que eran una sucursal del Cantábrico

y el posible profesor de español en Colorado.

Ahora está agonizando -es evidente- el aspirante a gran poeta
y no vivirá mucho el montañero que conoce por sus nombres
todas las aguas de Belagua y Zuriza.

No sé cuáles serán los supervivientes definitivos,
los miguel d'ors que lleguen a la última secuencia
-que según los antiguos es el paso de un río-,
pero le pido al Cielo que en aquel grupo esté, por favor,
el muchacho que una tarde,
mirándote mirar el escaparate de la librería Quera
en la calle Petritxol de Barcelona,
empieza a enamorarse de ti como un idiota.
 


                                                     Miguel D'Ors


 

Curso de submarinismo




Como anticipo a la pérdida,
un corazón que flota y sobrevive
a la riada de sueños encerrados en burbujas.

Como coraza contra la victoria,
agendas que no abandonan su jaula de jabón,
muertas sobre la placa de la ducha.

Hoy es epílogo

las horas construyen su ataúd junto a mi almohada.



                                                  Elena Medel

A mano amada



A mano amada,
cuando la noche impone su costumbre de insomnio
y convierte
cada minuto en el aniversario
de todos los sucesos de una vida;

allí,
en la esquina más negra del desamparo, donde
el nunca y el ayer trazan su cruz de sombras,

los recuerdos me asaltan.

Unos empuñan tu mirada verde,
otros
apoyan en mi espalda
el alma blanca de un lejano sueño,
y con voz inaudible,
con implacables labios silenciosos,
¡el olvido o la vida!,
me reclaman.

Reconozco los rostros.
No hurto el cuerpo.

Cierro los ojos para ver
y siento
que me apuñalan fría,
justamente,
con ese hierro viejo:
la memoria.

                                                             Ángel González

 

sábado, 29 de septiembre de 2012




Construyamos con orden y rigor la desorden de la vida: escribamos versos.
                                                         


                                                              Poeta anónimo del siglo XVII



jueves, 27 de septiembre de 2012

Lope. La noche. Marta.


He abierto la ventana. Entra sin hacer ruido
(afuera deja sus constelaciones).
«Buenas noches, Noche».
Pasa las páginas de sombra
en las que todo está ya escrito.
Viene a pedirme cuentas.

«Salí al rayar el alba -digo-.
Lamía el sol las paredes leprosas.
Olía a vino, a miel, a jara»
(Deslumbrada por tanta claridad
ha entornado los ojos).
La llevan mis palabras por calles, ascuas, no lo sé:
oye la plata de las campanadas.
Ante la puerta de la iglesia
me callo, me detengo -entraría conmigo
si yo no me callase, si no me detuviera-;
yo sé bien lo que quiere la Noche;
lo de todas las noches;
si no, por qué habría venido.

Ya mi memoria no es lo que era. En la misa del alba
no dije Agnus Dei qui tollis peccata mundi,
sino que dije Marta Dei (ella es también cordero de Dios
que quita mis pecados del mundo).
La Noche no podría comprenderlo,
y qué decirle, y cómo, para que lo entendiese.

No me pregunta nada la Noche,
no me pregunta nada. Ella lo sabe todo
antes que yo lo diga, antes que yo lo sepa.
Ella ha oído esos versos
que se escupen de boca en boca, versos
de un malaleche del Andalucía
-al que otro malaleche de solar montañés
llamara «capellán del rey de bastos»-
en los que se hace mofa de mí y de Marta,
amor mío, resumen de todos mis amores:
      Dicho me han por una carta
      que es tu cómica persona
      sobre los manteles, mona
      y entre las sábanas, Marta.

qué sabrá ese tahúr, ese amargado
lo que es amor.
La Noche trae entre los pliegues de su toga
un polvillo de música, como el del ala de la mariposa.
Una música hilada en la vihuela
del maestro del danzar, nuestro vecino.
En la cocina la estará escuchando Marta;
danzará, mientras barre el suelo que no ve,
manchado de ceniza, de aroma, de trigo candeal,
de jazmines, de estrellas, de papeles rompidos.
Danza y barre Marta.

Pido a la Noche que se vaya. Hasta mañana, Noche.
Déjame que descanse. Cuando amanezca regaré el jardín,
saldré después a decir misa
-Deus meus, Deus meus, quare tristis est anima mea-
luego volveré a casa, terminaré una epístola en tercetos,
escribiré unas hojas
de la comedia que encargaron unos representantes.
Que las cosas no marchan bien en el teatro,
y uno no puede dormirse en los laureles.

Hasta mañana, Noche.
Tengo que dar la cena a Marta,
asearla, peinarla (ella no vive ya en el mundo nuestro),
cuidar que no alborote mis papeles,
que no apuñale las paredes con mis plumas
-mis bien cortadas plumas-,
tengo que confesarla. «Padre, vivo en pecado»
(no sabe que el pecado es de los dos),
y dirá luego: «Lope, quiero morirme»
(y qué sucedería si yo muriese antes que ella).
Ego te absolvo.

Y luego, sosegada, le contaré, para dormirla,
aventuras de olas, de galeones, de arcabuces, de rumbos marinos,
de lugares vividos y soñados: de lo que fue
y que no fue y que pudo ser mi vida.

Abre tus ojos verdes, Marta, que quiero oír el mar.


 


                                                                                  José Hierro
                        

Carta de noche a Carlos

 
 
 
Carlos yo te escribo trece trenes
trinos trece te estremece
y te envío mecedoras
a tu casa.
Que tu casa es una cosa
que no pasa.
En el filo sutilísimo te escribo
del estribo.
Puesto el pie en el mismo digo
como sigo por el hilo de tu higo
en el higo sutilísimo que sigo.
De mi casa a la tu casa sigo sigo
enviando mecedoras rutilantes.
Por la noche duermo, sueño, como, orino,
sueño papa manos pone tuyos hombros
cara tiene nívea cera transparente
gesto ambiguo de sus labios mucho temo
pasan cabras por sus ojos, dame leche
y en un coche por la estrecha remolacha
por los siglos de los siglos que me orino.
Pasan ciervos por mis ojos
luchan truchas en mi lecho
por debajo pasa el grajo, por la orilla la abubilla.
Que mis huesos son de corcho sueño a veces
y las heces que vomito son como oro.
Un gigante se aparece cada noche
y me dice cada cosa cada cosa,
cada cosa que no entiendo va y me dice.
No me llama por mi nombre el gigante ese
ni me tira de la oreja.
Te pregunto Carlos ahora por qué escribo
y te envío mecedoras.
Si te cuento lo que sueño no entristezco
a ningún amigo bueno que me escucha
por lo menos así pienso entumecido
ya a las puertas de esta noche.
¿Qué me espera?¿Quién se agita en la penumbra
que los párpados me cierra suavemente?
He aquí pues que vuelvo al sueño como un guante
del conejo que hay delante de mi fuente.
Guardo un trozo de casulla del gigante
pongo botas quito manías culego abrigos
traigo trapos y amontono las almohadas.
En un hoyo me cobijo, me hago el muerto
y en espera de que el sueño llegue aúllo.
Vuelve el viento, la casulla, la osamenta,
el gigante, el calcetín y la abubilla.
Mientras tanto, Carlos, rápido te envío mecedoras.
¿Las entiendes? ¿Tú las ves que te las mando?
Si entre tanto te lo cuento estate atento
al bicho ese que se sube por las barbas
es un tanto alocadillo y come mucho.
Al abrigo de la noria está la liebre
el molino escupe hilera de cipreses
el anciano da patadas al pesebre
el obispo zurce el culo de la avispa
y en el mango de la escoba vive el piojo.
¿No ves Carlos por la noche tú también
un portero con al hombro una escopeta?
¿Tiene una hija ese portero tú también?,
con la mano me hace señas y me enseña
una cosa mucilaginosa. ¿A ti no?
¿He de decir que me canso, que de cansar estoy vivo?
¿O he de decir que me vivo, que de vivir estoy canso?
Le me I write you, my dear.
Digo que me digas que digo
a estas cuatro paredes mi pena
mi congoja de hombre destartalado.
¿Soy yo cura, ámbito habito
o es el hábito del obispo
que hace al monje o no lo hace?
Sigo enviándote mecedoras,
cuídalas, límpialas, pómpalas,
góndolas, lámparas, ordéñalas,
albérgalas en tu pecho
que el sultán viejo lo dice:
si el refrán mata a la rata
pon tu casa enjabelgada
que a decir viene lo mismo.

 


Eduardo Chicharro

 

 



Elegía




Me envuelvo en tu recuerdo
como en nieblas secretas que me apartan del mundo.
En la calle sonrío al amigo que pasa,
y nadie,
nunca nadie
adivinó mi muerte bajo aquella sonrisa
ni el frío sin consuelo de mis ojos que ciegan
pidiendo de los tuyos más desdén,
más veneno.
Ahora que la tarde se derrumba en las sombras,
y que el libro de versos resbala por mis manos,
ahora que la lluvia llora por los cristales
de mi ventana,
y llanto va a caer de mis ojos,
antes de que una mano encienda la dorada
llama de mi quinqué,
dime si tú no sueñas en tu balcón, ahora
que la lluvia nos une a los dos con sus lágrimas,
o si sobre el teclado de tu piano oscuro
agoniza Chopin
bajo tus manos trémulas.
Nunca sabrás el loco deseo que me tortura
de cautivar tus labios bajo mi boca ávida,
y sentir el latido de tu sien en mi mano
aprisionada como un pájaro aterido.
Pero no sabrás nunca nada de mi deseo.
Nada de cuando pienso desgarrar con mis dientes
los azules canales de tus venas
y juntos
morirnos desangrados, confundidas las sangres.
Pero estamos ajenos.
Yo sigo en mi ventana,
y tú soñando en otro mientras Chopin suspira,
ahora que aún no arde en mi quinqué la luz
y que a los dos nos une la lluvia con sus lágrimas.

 


Pablo García Baena

 

 

 


Bien que te gustaría confiésalo lanzarte
de bruces al abismo devorar para siempre
esas terribles ganas que humedecen tus sueños
y en tus pechos habitan enjauladas...

Dale suelta a ese inmenso poder embalsamado
momia viviente abre las compuertas:
verás cómo florecen dos volcanes
en el lugar que el hielo
cerrara la clausura y perdiera la llave...
Encárate al ariete que reclama en tu puerta
la entrada por lo menos en cada primavera:
verás cómo te llenas de caballos salvajes
y de luz que produzcan tus turbinas de sangre...

Pero, antes, mastica la medalla
de dirección prohibida que cuelga de tu cuello.

 

 


                                                                Aníbal Núñez



Serenidad, tú para el muerto,
que yo estoy vivo y pido lucha.
Otros habrá que te deseen:
ésos no saben lo que buscan.
Si se durmieran nuestras almas,
si las tuviéramos maduras
para mirar inconmovibles,
para aceptar sin amargura,
para no ver la vida en torno
apasionadamente nunca,
duros y fríos, como piedra
que sopla el viento y no la muda...

Almas claras. Ojos despiertos.
Oídos llenos de la música
del dolor. Los dedos felices,
aunque los hieran las agudas
espinas. Todo el sabor agrio
de la vida, en la lengua.

                              «Nunca
podrás mojar tu pie en el río
en que ayer lo mojaste. Busca
la eternidad, vive en la alta
contemplación de su figura.»

Palabrería de los libros
de la que deja el alma turbia.
Serenidad que se nos vende
por librarnos de la tortura,
por llenarnos de sueño el alma
y rodeárnosla de bruma.
Serenidad, tú para el muerto.
El hombre es hombre, y no le asusta
saber que el viento que hoy le canta
no volverá a cantarle nunca.
Serenidad, no te me entregues
ni te des nunca,
aunque te pida de rodillas
que me libertes de mi angustia.
Será que vivo sin saberlo
o que deserto de la lucha.
Tú no me escuches, no me eleves
hasta tu cumbre de luz única.

Palabrería de los libros
de la que deja el alma turbia.
Yo también me hago un poco libro,
me duermo el alma...

                          Luz difusa.
La madrugada se desgaja
agria y azul, como una fruta.
Cantan los pinos a lo lejos.
Un niño llora. Las desnudas
mujeres y hombres silenciosos
salen despacio de las últimas
sombras. Los pájaros me esperan.
Se alzan las olas. (Me preguntan
por qué.) Campanas... (Ayer niebla,
hoy claro sol y luego lluvia...)
¿Por qué? Las hojas se estremecen...

    Voy inundándome de música.

 


                                                                                        José Hierro

 

sábado, 22 de septiembre de 2012

La salida



                                                            A Vicente Aleixandre


En el andén, la despedida
corta y fugaz como las lágrimas.
Después el paso largo
a través de arrabales perezosos,
los primeros yerbajos, los desmontes
donde se amontonaban las basuras,
el cinturón de lo olvidado, hombres
que alzaban su silueta indiferente
y seguían despacio.
Luego el campo,
las desnudas hileras de los álamos
en dirección contraria a nuestro pecho
caminando veloces.
Entrábamos en túneles espesos
conteniendo la vida con angustia
en el espacio entre dos respiraciones.
Parecía la sombra demasiado larga,
demasiado honda e invencible.
Pero al cabo saltaba, siempre otra vez, la vida
del lado de la luz,
donde el humo quedaba
como una mano lenta
que se desvaneciera en la caricia.

Y luego el sueño
y el despertar y el sueño y más sombra
por donde caminábamos a tientas
braceando, luchando,
hasta caer de pronto en un aire sin fondo
donde apenas pesaban nuestros cuerpos.

Luchando a solas contra el sueño.
Siempre.
En la alta vigilia
conjurando mi vida
contra su maleficio.

Como una atleta oscuro
ha avanzado
invadiéndolo todo. Apenas
resiste el pensamiento,
allá en lo hondo,
a su dominio.

Un gallo canta lejos,
remoto, en la frontera
difícil de la sombra.
Siempre, siempre.
Y a la luz me encomiendo.


No sé cuánto camino
llevamos recorrido
ni cuánta sombra
ni cuánta luz hemos dejado lejos.
Y, ¿quién podría ahora
asomarse, mirar,
llevar la cuenta,
horadar la distancia a centenares
de leguas más atrás,
de descensos veloces,
de arduar ascenciones, todo
en un solo relámpago?

Entre la velocidad y la quietud
de la parada súbita
ya el nuevo caminar
y el tiempo
y el enorme vacío
que abre sus fauces entre dos segundos,
resbalamos despacio.
¿Es esto el mar,
su olor salobre a mar y las embarcaciones
a remo, a vela, a punta de puñal
rascando el pecho tembloroso del agua?
Como una gaviota
en grandes círculos
bajo al centro mismo de mi infancia
y un niño me persigue
dando voces crueles,
arrojándome piedras
de inocencia y de blancura.
Y ¿quién podría huir?
¿Es esto el mar?
¿Es esto el cadáver de alguien
a quien hemos amado
y todavía nos aguarda
con la paciencia del amor total?

Henos al cabo sitiados,
rodeados de figuras lejanos
que mastican
una ceniza humedecida y triste
u nos hablan de tú,
de "tú regresas,
tú recuerdas, tú sabes..." más y más y no podemos
reconocer a nadie en tantos rostros.
Este es el banquete 
solemne que me ofrecen,
el banquete de todo lo que el polvo 
ha reducido a polvo, mientras
aquel niño que fui,
la odiosa criatura 
que no olvida mi nombre,
me llama cruelmente,
se sube a los tejados,
trepa a las torres hasta ensordecerme
y convocando años y cadáveres
irremediablemente me condena.

De cuantos reinos tiene el hombre
el más oscuro es el recuerdo.

Oh qué feroz acometida
contra una vida tantas muertes.

La sombra cierra a las espaldas
con un bramido lento y sordo.

Sobre las huellas del que huye
su ciego reino se proclama.

Este es el llano
que reúne a los hombres
en la fertilidad y en los abrazos.
Primero el trigo
y después las ciudades.
Suben más viajeros 
que repiten las mismas actitudes;
alguien se desespera mientras suena
la orden de partida en altavoces
cuya capacidad llega a tres leguas
sobre las despedidas silenciosas.

Una torre levanta su estatura.
Un pájaro planea
y cae después veloz sobre su presa.
Un perro corre a nuestro paso,
ladra y lo apaga la distancia.
Un niño. Una ventana
tremendamente próxima y en ella
una muchacha que puede estar cantando,
aunque no sé si canta, o que podría
estar fingiendo estar y no haber existido.
Después declina el día.
Se oye el rumor de las conversaciones.
Alguien pregunta en otra lengua
por la puntualidad de la llegada,
pero no importa a dónde. El horizonte
se hace más hondo ahora.
En los pequeños pueblos
el humo hace señales
de paz y de distancia.
Al borde de un camino,
un cementerio de lugar.
Tal vez todas las lápidas 
rezan con voz monótona:
"Viajero, detente..."
Pero no hay tiempo, amigos,
bajo la lluvia: amigos,
enemigos, parientes, conocidos,
niños súbitos,
prolongados abuelos.
                                   No, no hay tiempo,
aunque todo nos lleve a idéntico destino.

Nocturnamente,
mientras yacemos en el lecho
y nos ata el amor
al hilo de la especie
y somos sangre
y sentimos
la gravedad desnuda de los cuerpos,
tú que velas sobre la tierra
-luna de claridad,
nocturnamente-
en el mismo lugar donde cayeron
hacia el abandono,
da paz a nuestros muertos.

Casi, entre dos imágenes
que pasan velozmente
ante nuestras pupilas,
no hay un espacio para un pensamiento.
Un río queda atrás, después
una pequeña casa arruinada
por la guerra tal vez o por el tiempo
o sólo porque se desmoronaron los suspiros.
Pasamos
con un ruido sordo
al borde de un abismo
de muchos pies,
casi sin darnos cuenta
o dejando caer una palabra
que jamás llega al fondo,
mientras nos alejamos
y más y más
imágenes veloces nos envuelven.
Van devorándose
unas a otras sin cesar y tantas
presencias hacen solamente un olvido.
No podríamos retenerlas
o quedarnos al menos con una sola
que fuese nuestra,
no sujeta a la muerte.
Cien veces más veloz
que nuestro pensamiento,
pasa de amor a olvido
ciegamente la vida.
No podemos pensarla. No podemos
pensar... Pasar, pasar, podemos
solamente pasar, como ahora paso
de un monte a un río, de una voz al eco
de una voz: lejanos
árboles, sembrados,
una ciudad, los campos,
campos, campos... Solamente pasar,
dejar atrás la inmensa
extensión del olvido. 

Por eso ahora,
a medio caminar,
en medio del camino
-porque éste es el camino
y no lo ignoro- digo
otra vez la plegaria:
"Que despertemos en tu nombre,
que despertemos en tu reino,
que despertemos en tu duración
así en la tierra
como en el cielo,
Padre".

Sé cuál es mi destino
pero no lo conozco.

Difícil es partir
cuando arrancarse a todo lo que amamos
duele tanto en los labios.
Amargas son entonces las palabras
y se abre el alma
como la piel de un fruto.
que al cabo no pudiera
contener su semilla.

Como a la madurez de la estación sucede
la inexorable gravedad de la espiga,
todo se hace destino.
Hemos andado mucho
apartando la muerte,
como se apartan los arbustos
y su enmarañada oscuridad en el bosque
para ver más allá.
Ahora sumo imágenes,
rostros, acciones, nombres,
peso el amor.
Ésta es la cuenta al cabo:
estamos solos.
Alrededores son, postrimerías,
ecos remotos cuando llega ahora
de más allá de la distancia.

Como los animales en la selva
escuchan el reclamo
del cazador 
y se hacen sólo olfato,
en silencio esperamos.

Al fin nos hemos detenido.
                                          Todo
se hace destino.
                           Recojamos
el pequeño bagaje improvisado,
porque no había tiempo
más que para partir
cuando partimos.
Descendamos después
y entre la multitud de los que llegan,
con paso lento
y el corazón entero en la firmeza,
ingresamos despacio en la enorme salida.


                                               
                                                   José Ángel Valente