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martes, 23 de abril de 2013

A ver, si estuvieras dando clases de escritura creativa, preguntó, ¿qué les dirías?



les diría que tuviesen una relación amorosa
infeliz, hemorroides, mala dentadura
y que bebieran vino peleón,
evitaran la ópera y el golf y el ajedrez,
que no dejasen de cambiar la cabecera de su
cama de una pared a otra
y luego les diría que tuvieran
otra relación amorosa infeliz
y que nunca usaran cinta de seda para la máquina
de escribir,
que evitasen las comidas familiares campestres
o ser fotografiados en una
rosaleda;
leed a Hemingway una sola vez,
pasad de Faulkner
ignorad a Gogol
contemplad fotos de Gertrude Stein
y leed a Sherwood Anderson en la cama
comiendo galletas saladas Ritz,
daos cuenta de que la gente que se pasa
la vida hablando de liberación sexual
está más asustada que vosotros.
escuchad a E. Power Biggs darle al
órgano en la radio mientras
liáis un Bull Durham en la oscuridad
en una ciudad extraña
con sólo un día más de alquiler pagado
tras haber renunciado a
amigos, familiares y empleos.
nunca os consideréis superiores ni/o
justos
y nunca tratéis de serlo.
tened otra relación amorosa infeliz.
observad una mosca en una cortina de verano.
nunca intentéis triunfar.
no juguéis al billar.
enfadaos con razón cuando
descubráis que el coche tiene una rueda pinchada.
tomad vitaminas pero o hagáis pesas ni footing.

y después de todo esto
invertid el procedimiento.
tened una buena relación amorosa.
y lo que
aprenderéis
es que nadie sabe nada-
ni el Estado, ni los ratones
la manguera del jardín ni la estrella Polar.
y si alguna vez me pilláis
dando una clase de escritura creativa
y me contestáis leyendo esto
os pondré un 10 redondo
y os lo meteré por donde amargan
los pepinos.

                                 Charles Bukowski



lunes, 8 de abril de 2013

En ti me quedo





De vuelta de una gloria inexistente, 
después de haber avanzado un paso hacia ella,
retrocedo a velocidad indecible,
alegre casi como quien dobla la esquina de la
calle donde hay una reyerta,
llorando avergonzado como el adolescente
hijo de viuda sexagenaria y pobre
expulsado de la escuela vespertina en la que era becario.
Estoy aquí,
donde yo siempre estuve,
donde apenas hay sitio para mantenerse erguido.

La soledad es un farol certeramente apedreado:
sobre ella me apoyo.

La esperanza es el quicio de una puerta
de la casa que fue desarraigada
de sus cimientos por los huracanes:
quicio-resquicio por donde entro y salgo
cuando paso del nunca (me quisiste) al todavía (te odio),
del tampoco (me escuchas) al también (yo me callo),
del todo (me hace daño) al nada (me lastima).

No importa, sin embargo.

Los aviones de propulsión a chorro salvan rápidamente
la distancia que separa Tokio de Copenhague,
pero con más rapidez todavía
me desplazo yo a un punto situado a diez centímetros
de mí mismo,
de prisa, 
muy de prisa,
en un abrir y cerrar de ojos,
en sólo una diezmilésima de segundo,
lo cual supone una velocidad media de setenta kilómetros a la hora,
que me permite,
si mis cálculos son correctos,
estar en este instante aquí,
después mucho más lejos,
mañana en un lugar sito a casi mil millas,
dentro de una semana en cualquier parte
de la esfera terrestre,
por alejada que os parezca ahora.
Consciente de esa circunstancia,
en muchas ocasiones emprendo largos viajes;
pero apenas me desplazo unos milímetros
hacia los destinos más remotos,
la nostalgia me muerde las entrañas,
y regreso a mi posición primera
alegre y triste a un tiempo
-como dije al principio:
alegre,
porque sé que tú eres mi patria,
amor mío;
y triste,
porque toda patria, para los que la amamos,
- de acuerdo con mi personal experiencia de la patria-
tiene también bastante de presidio.

Así,
en ti me quedo,
paseo largamente tus piernas y tus brazos,
asciendo hasta tu boca, me asomo
al borde de tus ojos,
doy la vuelta a tu cuello,
desciendo por tu espalda,
cambio de ruta para recorrer tus caderas,
vuelvo a empezar de nuevo,
descansando en tu costado,
miro pasar las nubes sobre tus labios rojos,
digo adiós a los pájaros que cruzan por tu frente,
y si cierras los ojos cierro también los míos,
y me duermo a tu sombra como si siempre fuera
verano,
amor,
pensando vagamente
en el mundo inquietante
que se extiende -imposible- detrás de tu sonrisa.


                                         Ángel González