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domingo, 16 de diciembre de 2012

La canción de la lluvia



Tus ojos son dos bosques de palmeras al rayar la mañana,
o como dos colinas de las cuales la luna se alejara.
Al sonreír tus ojos, se renuevan los pámpanos
y danzan las luciérnagas. Como lunas que el remo
agitara en el río, suavemente, al lucir la alborada.
Con estrellas que laten en sus órbitas hondas.

Tus ojos se han bañado en una tenue neblina de tristeza,
como un mar que acaricia la tarde con sus manos.
Como un mar pequeñito, con temblores de otoño.
Con la muerte y la vida, con la luzy las sombras.
Y mi espíritu todo ente ti se despierta
con el temblor del llanto
y una embriaguez salvaje abrazada a los cielos.
Como un niño enbriagado que temiera a la luna.
Igual que si las nubes, empapadas,
gota a gota fundiéranse en la lluvia.
Como risas de niños entre parras.
O el silencio punzante de unos pájaros,
la canción de la lluvia...
Y llueve...
Y llueve...
Y llueve...

En el bostezo abierto de la tarde,
los negros nubarrones siguen vertiendo llanto.
Todo es igual que un niño que delira en la noche
y que llama a su madre, perdida un año antes.
Al que dicen: Vendrá... Ha de volver, sin duda,
aunque saben que está a la orilla del monte,
nutriéndose en la tierra y bebiendo la lluvia.
Dormida en el sepulcro.
O igual que un pescador que recogiera, tristemente,
las redes,
maldiciendo a las aguas y al destino.
Derramando sus cantos al ponerse la luna.
Y llueve...
Y llueve...
Y llueve...

¿Tú sabes la tristeza que se alza d la lluvia,
y cómo la repiten las goteras?
¿Qué perdido se siente el que está solo?...
Sin fin. Como la sangre derramada.
Como el amor, el hambre, los niños o la muerte.
Sin fin. Así es la lluvia.
Tus pupilas me miran mientras llueve;
y a través de las olas, los relámpagos
van limpiando con conchas y luceros las costas del Iraq,
en tanto que la noche las recubre de sangre.
Yo grito: ¡Oh, Golfo Arábigo!...
¡Oh, tú, dador de perlas, de conchas y arrecifes!...
Y el eco suspirante me retorna:
¡Oh, golfo!... ¡Golfo Arábigo!...
¡Oh, tú, dador de conchas y arrecifes!...

Oigo el Iraq armarse con el trueno
y almacenar relámpagos en llanos y montañas.
Sin una gota de agua por el viento.
Sin una huella d agua sobre el valle.

Ya oigo a las palmeras bebiéndose la lluvia;
quejarse a las aldeas, y entre tanto,
los emigrantes luchan contra el trueno,
el Golfo y las tormentas,
con las velas y con remos, repitiendo:
Y llueve...
Y llueve...
Y llueve...

Y en el Iraq hay hambre, pero al llegar la siega
se tiran las cosechas.
Para que se harten cuervos y langostas.
Y se muelen las piedras, sin embargo.
Y los molinos giran, en los campos, tirados por los hombres.
Y llueve...
Y llueve...
Y llueve...

Desde que éramos niños,
los cielos se cubrían de nubes en invierno,
y llovía a torrentes.
Y siempre, cada año
-a pesar de la hierba surgida nuevamente-,
nos sentíamos hambrientos.
Ni un solo año pasó sin hambre en el Iraq.
Y llueve...
Y llueve...
Y llueve...

Cada gota de lluvia
es un capullo rojo o amarillo.
Cada gota de sangre de un esclavo,
cada lágrima hambrienta que se vierte.

Como un sueño del mundo de mañana
en boca de un bebé.
De un mañana que traiga nueva vida.
Y llueve...
Y llueve...
Y llueve...
La lluvia cubrirá de hierba todo Iraq.

Yo grito: ¡Oh, Golfo Arábigo!...
¡Oh, tú, dador de perlas, de conchas y arrecifes!...
Y el eco, en un suspiro,
me devuelve:
¡Oh, Golfo! ¡Golfo Arábigo!
¡Oh, tú, dador de conchas y arrecifes!...
Y el Golfo desparrama sus dones en la arena:
sus amargas espunas y sus conchas;
y los huesos que quedan de un náufrago emigrante
que bebióse la muerte en el fondo del Golfo.

En el Iraq, mil víboras se van bebiendo el néctar
de la flor que rocía el Eúfrates.
Pero escucho ya el eco
retumbar en el Golfo.
Y llueve...
Y llueve...
Y llueve...

Y cada gota de lluvia
es un capullo rojo o amarillo.
Cada gota de sangre del esclavo.
Cada lágrima hambrienta que se vierte.
Como un sueño del mundo de mañana
en boca de un bebé.
De un mañana que traiga nueva vida.

Mientras llueve a torrentes.


                             Badr Shakir Al-Sayyab (Pedro Martínez Montávez)

sábado, 8 de diciembre de 2012

El muerto número 18



El olivar fue una vez un bosque verde.
Fue, amado, y el cielo
un bosque azul.
¿Qué los ha hecho cambiar esta tarde?

Pararon el camión de los obreros en medio del camino
(Tranquilamente)
Y nos pusieron de cara a Oriente
(Tranquilamente)

Mi corazón fue una vez un pajarillo azul.
¡Oh, nido de mi amado!
Tus pañuelos conmigo, todos blancos.
Fueron, amado mío...
¿Qué ha podido mancharlos esta tarde?
Porque no entiendo nada:

Pararon el camión de los obreros en medio del camino
(Tranquilamente)
Y nos pusieron de cara a Oriente
(Tranquilamente)

Tienes todas mi cosas:
la claridad, la sombra,
el anillo de boda, lo que quieras,
el cercado de olivos
y de higueras.
Entrándote en el sueño, por la ventana,
llegaré hasta tu lado como todas las noches,
y te echaré un clavel.
Pero no me regañes si me retraso un poco,
porque me detuvieron...
El olivar estaba siempre verde.
Estaba, amado mío.
Pero cincuenta víctimas
le hicieron roja alberca
en el ocaso.
Cincuenta, amado mío...
Pero no me regañes.
Me asesinaron.
Me asesinaron.
Me asesinaron.


                          Mahmud Darwish (traducción de Pedro Martínez Montálvez)



Amantes en el exilio



- Y yo...
-¿Y tú?
-Yo estoy solo.
Como la gota de lluvia estéril.
-¿Y esos?
-Como tú y como yo, cavan sus tumbas
por el muro.
Como tú, y como yo, están esperando
a quien no vuelve.
Yo. Tú. Y esos.
Cual la cabra apestada que ha expulsado el rebaño,
no podemos... ¡Ay, y si pudiéramos,
el muro,
y los pequeños, esperando
como impugnable dique!
No podemos.
Yo. Tú. Esos.
Los insignificantes.
Y el sol que abraza las casas del camino
y extiende por el alma la nostalgia del llanto.
Unas flores mueren en los jarros.
Una vieja canción que los niños entonan.
Buhoneros.
Los insignificantes regatean los restos
de un águila pequeña
que se llama conciencia.
Yo. Tú. Esos.
Cual la cabra apestada que ha expulsado el rebaño,
sin primavera estamos,
sin primavera y casa
desde el oriente hasta el ocaso.
Desde el ocaso hasta el oriente
seguimos esperando
a quien no vuelve.
Nada vivo palpita -¡ay, dolor!
por las sendas,
ni en los odiosos muros.
Nada vivo palpita
aquí.
Aquí tan sólo
la espantosa nada.
Nada...
El sol se va poniendo.
Y las casas bostezan.
Y bostezan los niños a la puerta.
E indiferentemente, regatean y pregonan:
"¡Áquilas!... ¡A la venta!
¡Más útiles que jarros sangrientos
y que flores!"

Yo. Tú. Y ésos...
Seguimos esperando.
Y la noche nos sigue,
como un perro famélico,
a través de los muros.

                                     Abdel-Wahhab Al-Bayati (traducción de Pedro Martínez Montávez)

domingo, 11 de noviembre de 2012

Canción pirata



Fumo mucho. Demasiado.
Fumo para frotar el tiempo y a veces oigo la radio,
y oigo pasar la vida como quien pone la radio.
Fumo mucho. En el cenicero hay
ideas y poemas y voces
de amigos que no tengo. Y tengo
la boca llena de sangre,
y sangre que sale de las grietas de mi cráneo
y toda mi alma sabe a sangre,
sangre fresca no sé si de cerdo o de hombre que soy,
en toda mi alma acuchillada por mujeres y niños
que se mueven ingenuos, torpes, en
esta vida que ya sé.
Me palpo el pecho de pronto, nervioso,
y no siento un corazón. No hay,
no existe en nadie esa cosa que llaman corazón
sino quizá en el alcohol, en esa
sangre que yo bebo y que es la sangre de Cristo,
la única sangre en este mundo que no existe
que es como el mal programado, o
como fábrica de vida o un sastre
que ha olvidado quién es y sigue viviendo, o
quizá el reloj y las horas pasan.
Me palpo, nervioso, los ojos y los pies y el dedo gordo
de la mano lo meto en el ojo, y estoy sucio
y mi vida oliendo.
Y sueño que he vivido y que me llamo de algún modo
y que este cuento es cierto, este
absurdo que delatan mis ojos,
este delirio en Veracruz, y que este
país es cierto este lugar parecido al Infierno,
que llaman España, he oído
a los muertos que el Infierno
es mejor que esto y se parece más.
Me digo que soy Pessoa, como Pessoa era Álvaro de Campos,
me digo que estar borracho es no estarlo
toda la vida, es
estar borracho de vida y no de muerte,
es una sangre distinta de esa otra
espesa que se cuela por los tejados y por las paredes
y los agujeros de la vida.
Y es que no hay otra comunión
ni otro espasmo que este del vino
y ningún otro sexo ni mujer
que el vaso de alcohol besándome los labios
que este vaso de alcohol que llevo en el
cerebro, en los pies, en la sangre.
que este vaso de vino oscuro o blanco,
de ginebra o de ron o lo que sea
- ginebra y cerveza, por ejemplo -
que es como la infancia, y no es
huida, ni evasión, ni sueño
sino la única vida real y todo lo posible
y agarro de nuevo la copa como el cuello de la vida y cuento
a algún ser que es probable que esté
ahí la vida de los dioses
y unos días soy Caín, y otros
un jugador de poker que bebe whisky perfectamente y otros
un cazador de dotes que por otra parte he sido
pero lo mío es como en "Dulce pájaro de juventud"
un cazador de dotes hermoso y alcohólico, y otros días,
un asesino tímido y psicótico, y otros
alguien que ha muerto quién sabe hace cuánto,
en qué ciudad, entre marineros ebrios. Algunos me
recuerdan, dicen
con la copa en la mano, hablando mucho,
hablando para poder existir de que
no hay nada mejor que decirse
a sí mismo una proposición de Wittgenstein mientras sube
la marea del vino en la sangre y el alma.
O bien alguien perdido en las galerías del espejo
buscando a su Novia. Y otras veces
soy Abel que tiene un plan perfecto
para rescatar la vida y restaurar a los hombres
y también a veces lloro por no ser un esclavo
negro en el sur, llorando
entre las plantaciones!
Es tan bella la ruina, tan profunda
sé todos sus colores y es
como una sinfonía la música del acabamiento,
como música que tocan en el más allá,
y ya no tengo sangre en las venas, sino alcohol,
tengo sangre en los ojos de borracho
y el alma invadida de sangre como de una vomitona,
y vomito el alma por las mañanas,
después de pasar toda la noche jurando
frente a una muñeca de goma que existe Dios.
Escribir en España no es llorar, es beber,
es beber la rabia del que no se resigna
a morir en las esquinas, es beber y mal
decir, blasfemar contra España
contra este país sin dioses pero con
estatuas de dioses, es
beber en la iglesia con música de órgano
es caerse borracho en los recitales y manchas de vino
tinto y sangre "Le livre des masques" de Rémy de Gourmont
caerse húmedo babeante y tonto y
derrumbarse como un árbol ante los farolillos
de esta verbena cultural. Escribir en España es tener
hasta el borde en la sangre este alcohol de locura que ya
no justifica nada ni nadie, ninguna sombra
de las que allí había al principio.
Y decir al morir, cuando tenga
ya en la boca y cabeza la baba del suicidio
gritarle a las sombras, a las tantas que hay y fantasmas
en este paraíso para espectros
y también a los ciervos que he visto en el bosque,
y a los pájaros y a los lobos en la calle y
acechando en las esquinas


                                                      Leopoldo María Panero

 

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Ella es, por eso estoy



Amo ese péndulo entre la mujer huracán que escandaliza portales
y la que se sonroja si le dices que es más bonita que la noche.
Su trazado en semicírculo marca el ritmo de mis deseos como versos,
mis erecciones a deshora, y niega el breve tiempo de los mortales.
Ella no sabe que brilla más que cualquier estrella de neón o gelatina,
que sus gemidos amenazan mi timón como un orfeón de sirenas,
que por verla feliz me marcharía, y para hacerla feliz, permanezco.
Que celebro su existencia como la de la luna, cuando la luna me mira.
Guarda en su cuello el secreto de las noches que se doblan como espigas,
en los pechos, las joyas gemelas de la corona de la más plebeya dinastía,
tiene talle de princesa, bebe como un marino ruso, y ama como la vida.
Ella va a incendiar su mundo, sin querer, un martes a mediodía,
porque está hecha de un fuego que la asusta y la encandila.
Y yo estaré cerca, para encenderle con besos las cerillas.
A veces siento
la sucia tentación de enjaular sus maravillas.
Pero aunque pudiera ,
no lo haría:
ella es libre, feliz,
y un poco mía.
Ella sólo le tiene miedo al miedo, y hasta el miedo la amaría.


                Carlos Salem

martes, 23 de octubre de 2012

Esta imagen de ti




Estabas a mi lado
y más próxima a mí que mis sentidos.
Hablabas desde dentro del amor,
armada de su luz.
Nunca palabras
de amor más puras respirara.
Estaba tu cabeza suavemente
inclinada hacia mí.
Tu largo pelo
y tu alegre cintura.
Hablabas desde el centro del amor,
armada de su luz,
en una tarde gris de cualquier día.
Memoria de tu voz y de tu cuerpo
mi juventud y mis palabras sean
y esta imagen de ti me sobreviva.


                                                 José Ángel Valente






Recuerdo el frío del amanecer, los círculos de los insectos sobre las 
tazas inmóviles, la posibilidad de un abismo lleno de luz bajo las
ventanas abiertas para la ventilación de la enfermedad, el olor triste
de la sosa cáustica. 
vientos, pájaros que volaban entre la ira y la luz. 
Vuelven incomprensibles bajo leyes de vértigo y olvido. 
No tengo miedo ni esperanza. Desde un hotel exterior al destino, veo 
una playa negra y, lejanos, los grandes párpados de una ciudad cuyo 
dolor no me concierne. 

Vengo del metileno y el amor; tuve frío bajo los tubos de la muerte. 
Ahora contemplo el mar. No tengo miedo ni esperanza. 

Eres sabio y cobarde, estás herido en las mujeres húmedas, tu 
pensamiento es sólo recuerdo de la ira. 

Ves la rosas temibles. 
Ah caminante, ah confusión de párpados. 
Hay una hierba cuyo nombre no se sabe; así ha sido mi vida. 

Vuelvo a casa atravesando el invierno: olvido y luz sobre las ropas 
húmedas. Los espejos están vacíos y en los platos ciega la soledad. 
Ah la pureza de los cuchillos abandonados. 

Amé todas las pérdidas. 
No tengo miedo ni esperanza. Desde un hotel exterior al destino, veo 
una playa negra y, lejanos, los grandes párpados de una ciudad cuyo 
dolor no me concierne. 
Vengo del metileno y el amor; tuve frío bajo los tubos de la muerte. 
Ahora contemplo el mar. No tengo miedo ni esperanza. 

Eres sabio y cobarde, estás herido en las mujeres húmedas, tu 
pensamiento es sólo recuerdo de la ira. 

Ves la rosas temibles. 
Ah caminante, ah confusión de párpados. 
Hay una hierba cuyo nombre no se sabe; así ha sido mi vida. 

Vuelvo a casa atravesando el invierno: olvido y luz sobre las ropas 
húmedas. Los espejos están vacíos y en los platos ciega la soledad. 
Ah la pureza de los cuchillos abandonados. 

Amé todas las pérdidas. 
Vengo del metileno y el amor; tuve frío bajo los tubos de la muerte. 
Ahora contemplo el mar. No tengo miedo ni esperanza. 
Eres sabio y cobarde, estás herido en las mujeres húmedas, tu 
pensamiento es sólo recuerdo de la ira. 

Ves la rosas temibles. 
Ah caminante, ah confusión de párpados. 
Hay una hierba cuyo nombre no se sabe; así ha sido mi vida. 

Vuelvo a casa atravesando el invierno: olvido y luz sobre las ropas 
húmedas. Los espejos están vacíos y en los platos ciega la soledad. 
Ah la pureza de los cuchillos abandonados. 

Amé todas las pérdidas. 
Eres sabio y cobarde, estás herido en las mujeres húmedas, tu 
pensamiento es sólo recuerdo de la ira. 
Ves la rosas temibles. 
Ah caminante, ah confusión de párpados. 
Hay una hierba cuyo nombre no se sabe; así ha sido mi vida. 

Vuelvo a casa atravesando el invierno: olvido y luz sobre las ropas 
húmedas. Los espejos están vacíos y en los platos ciega la soledad. 
Ah la pureza de los cuchillos abandonados. 

Amé todas las pérdidas. 
Ves la rosas temibles. 
Ah caminante, ah confusión de párpados. 
Hay una hierba cuyo nombre no se sabe; así ha sido mi vida. 
Vuelvo a casa atravesando el invierno: olvido y luz sobre las ropas 
húmedas. Los espejos están vacíos y en los platos ciega la soledad. 
Ah la pureza de los cuchillos abandonados. 

Amé todas las pérdidas. 
Vuelvo a casa atravesando el invierno: olvido y luz sobre las ropas 
húmedas. Los espejos están vacíos y en los platos ciega la soledad. 
Ah la pureza de los cuchillos abandonados. 
Amé todas las pérdidas. 
Amé todas las pérdidas. 
Aún retumba el ruiseñor en el jardín invisible.
Pájaros. Atraviesan lluvias y países en el error de los imanes y los 


                                                                            Antonio Gamoneda





Si todo esto cambiase,
si me dijera usted, de pronto, que me ama,
yo ni me detendría para hacer la maleta.
Huiría luchando contra el miedo a la costumbre
          de su cuerpo.


                                               Almudena Guzmán





La lluvia
como una lengua de prensiles musgos
parece recorrerme, buscarme la cerviz,
bajar,
lamer el eje vertical,
contar el número de vértebras que me separan
de tu cuerpo ausente.
Busco ahora despacio con mi lengua
la demorada huella de tu lengua
hundida en mis salivas.
Bebo, te bebo
en las mansiones líquidas
del paladar
y en la humedad radiante de tus ingles,
mientras tu propia lengua me recorre
y baja,
retráctil y prensil, como la lengua
oscura de la lluvia.
La raíz del temblor llena tu boca,
tiembla, se vierte en ti
y canta germinal en tu garganta.


                                 José Ángel Valente


Coplilla después del  5º Bourbon




Pensaba que sólo habría
sombra, silencio, vacío.
Y murió. Estaba en lo cierto.
El mismo Dios se lo dijo.


                                        José Hierro


Sólo el amor




Cuando el amor es gesto del amor y queda
vacío un signo sólo.
Cuando está el leño en el hogar,
mas no la llama viva.
Cuando es el rito más que el hombre.
Cuando acaso empezamos
a repetir palabras que no pueden
conjurar lo perdido.
Cuando tú y yo estamos frente a frente
y una extensión desierta nos separa.
Cuando la noche cae.
Cuando nos damos
desesperadamente a la esperanza
de que sólo el amor
abra tus labios a la luz del día.

                                                     José Ángel Valente


Elegía


A ti la que me inspira obedezco y deseo
a tu invisible huir y tu errante venir
hacia la honda cuna del ritmo tú me llamas
trayéndome la concha de la profundidad.
Son sin fin son sin fin los diluvios caídos
corazones que a tiempo probaron su fragancia
aquí están todavía las palabras perdidas
y yo compongo un verso de saber y perdón.


                               Carlos Edmundo de Ory


miércoles, 10 de octubre de 2012

Como gata boca arriba



Te quiero como gata boca arriba,
panza arriba te quiero,
maullando a través de tu mirada,
de este amor-jaula
violento,
lleno de zarpazos
como una noche de luna
y dos gatos enamorados
discutiendo su amor en los tejados,
amándose a gritos y llantos,
a maldiciones, lagrimas y sonrisas
(de esas que hacen temblar el cuerpo de alegría)

Te quiero como gata panza arriba
y me defiendo de huir,
de dejar esta pelea
de callejones y noches sin hablarnos,
este amor que me marea,
que me llena de polen,
de fertilidad
y me anda en el día por la espalda
haciéndome cosquillas.

No me voy, no quiero irme, dejarte,
te busco agazapada
ronroneando,
te busco saliendo detrás del sofá,
brincando sobre tu cama,
pasándote la cola por los ojos,
te busco desperezándome en la alfombra,
poniéndome los anteojos para leer
libros de educación del hogar
y no andar chiflada y saber manejar la casa,
poner la comida,
asear los cuartos,
amarte sin polvo y sin desorden,
amarte organizadamente,
poniéndole orden a este alboroto
de revolución y trabajo y amor
a tiempo y destiempo,
de noche, de madrugada,
en el baño,
riéndonos como gatos mansos,
lamiéndonos la cara como gatos viejos y cansados
a los pies del sofá de leer el periódico.

Te quiero como gata agradecida,
gorda de estar mimada,
te quiero como gata flaca
perseguida y llorona,
te quiero como gata, mi amor,
como gata, Gioconda,
como mujer,
te quiero.


Gioconda Belli





Leo lo que escribí de ti y de mí
en esos días de tanta lluvia,
con Bach y los naranjos
de contertulios ante el fuego
y los catarros, las pupas,
las mutuas manías,
advirtiéndonos de aquella bomba colgada
del tiesto de las glicinas
que oscilaba sobre nuestras cabezas
sin llegar a caer,
contenida por el Atlante de la risa
y el lujo inaudito
de poder ignorarnos,
de tener tiempos muertos,
de no abundar en preguntas y respuestas
cuando había tanto que disfrutar del silencio.

Desde entonces hasta ahora
los atlantes se nos han vuelto anémicos
y quién sabe si ésos fueron y serán nuestros últimos días de lluvia,
          pero,
                   de todas formas,
me sigue gustando leer lo que escribí de ti y de mí,
en especial lo de tu imagen con bufanda
volviendo de comprar la leche y el pan,
y la mía con sonrisa y pijama de osos pandas
saludándote desde el balcón.


                                    Almudena Guzmán


Tú, que hieres




Arrebatadamente te persigo.
Arrebatadamente, desgarrando
mi soledad mortal, te voy llamando
a golpes de silencio. Ven, te digo
como un muerto furioso. Ven. Conmigo
has de morir. Contigo estoy creando
mi eternidad. (De qué. De quién). De cuando
arrebatadamente esté contigo.
Y sigo, muerto, en pie. Pero te llamo
a golpes de agonía. Ven. No quieres.
Y sigo, muerto, en pie. Pero te amo
a besos de ansiedad y de agonía.
No quieres. Tú, que vives. Tú, que hieres
arrebatadamente el ansia mía.


                                        Blas de Otero




Estoy desnudo ante el agua inmóvil. He dejado mi ropa en el
silencio de las últimas ramas.
Esto era el destino:
llegar al borde y tener miedo de la quietud del agua.
 
                                                 Antonio Gamoneda


domingo, 7 de octubre de 2012

Los descuidados y la noche



Cuando aparecen ante mí, terribles,
suavísimos rostros,
sus contornos se mezclan
y adelantan una sola figura.

Bajo la transparente piel
de aquel amor y el agua solitaria
brillan los ojos de mi madre antes
de haberme concebido.

¿Soy yo quien pasa o sois vosotros?
¿Quién está detenido?
¿Quién abandona a quién?
¿Quién está inmóvil o quién es arrastrado?

Madre, después de tanto
hilarme a tu pupila,
después de haber edificado un reino de esperanza,
después de haber soñado
cuanto soy, cuanto tengo,
no habré hablado contigo.

¿Pero podríamos hablar?
¿Hay tiempo?

Dadme un día
detened un día
el implacable paso,
el terrible descenso
-vuestro, mío-
para que pueda así
escoger la palabra, el adiós, el silencio:
para que pueda hablaros.

Mientras escribo sobre
la resistencia de mi propio cuerpo,
el mundo habrá pasado,
habrá cerrado el ciclo,
completado el retorno
de su nada a su origen,
y yo seré antepasado pálido
de mi futuro olvido.

Puedo deciros que esta misma noche
vuestro feroz recuerdo ha devorado
mi amor,
envejecido el rostro de mis hijos,
mutilado los besos,
reducido mi pecho a soledad.

Porque nada de lo vivido
puede darnos más vida:
sé que no soy,
que no me pertenezco.
Pasé por vuestros ojos
y creí desgarrarlos, arrastrarlos conmigo,
mas fue vuestra pupila la que hizo presa en mí.

Jirones de mi ser,
banderas,
viento como un gemido
largo en el corazón.
Inmóviles aún,
como os dejó mi olvido,
pálidos de mi sangre,
conjurados en una sola acusación.

¿Soy yo el culpable?

Lejos el tiempo y el lugar,
la primavera cómplice y el aire
de la inocencia en el jardín.

La amistad es un puente roto,
los besos han volado el amor hecho añicos,
y a un lado y otro lado
permanecemos solos,
dando voces, llamándonos,
gesticulando, mientras
la corriente se ensancha y yace
consumido el crepúsculo.

Inmensa noche. Solitaria noche.
(Despojado de mí busco mi cuerpo en vano,
sigo en vano mi voz).
                               Noche: mi sueño
no la puede durar.


                                                        José Ángel Valente


viernes, 5 de octubre de 2012



Una querencia tengo por tu acento,
una apetencia por tu compañía
y una dolencia de melancolía
por la ausencia del aire de tu viento.
Paciencia necesita mi tormento
urgencia de tu garza galanía,
tu clemencia solar mi helado día,
tu asistencia la herida en que lo cuento.
¡Ay, querencia, dolencia y apetencia!:
tus sustanciales besos, mi sustento,
me faltan y me muero sobre mayo.
Quiero que vengas, flor, desde tu ausencia,
a serenar la sien del pensamiento
que desahoga en mí su eterno rayo.


                              Miguel Hernández

 


Olvidemos
el llanto
y empecemos de nuevo,
con paciencia,
observando a las cosas
hasta hallar la menuda diferencia
que las separa
de su entidad de ayer
y que define
el transcurso del tiempo y su eficacia.
¿A qué llorar por el caído
fruto,
por el fracaso
de ese deseo hondo,
compacto como un grano de simiente?
No es bueno repetir lo que está dicho.
Después de haber hablado,
de haber vertido lágrimas,
silencio y sonreíd:
Nada es lo mismo.
Habrá palabras nuevas para la nueva historia
y es preciso encontrarlas antes de que sea tarde.



                                                            Ángel González






 


domingo, 30 de septiembre de 2012



He metido las manos en el fuego
por saber si era cierto su suplicio
y supe -el si era o no lo supe luego-
que el saber esperar ya no es mi oficio.

Y lo es desesperar, quiera o no quiera,
y es el seguir no hallándote en lo oscuro
de esto que llaman llanto por ahí fuera
y yo de que es mi vida estoy seguro.

Y aunque tu mano tarda, a mí me duele
como si no llegara nunca. Ahora
me entretengo en trenzar melancolía.

Después vendrá la pena como suele
venir: para avisarme que es su hora;
y el estar solo a hacerme compañía.

 


                                                          Aníbal Núñez

 


El amor está en lo que tendemos
(puentes, palabras ).

El amor está en todo lo que izamos
(risas, banderas).

Y en lo que combatimos
(noche, vacío)
por verdadero amor.
El amor está en cuanto levantamos
(torres, promesas).

En cuanto recogemos y sembramos
(hijos, futuro).

Y en las ruinas de lo que abatimos
(desposesión, mentira)
por verdadero amor.



                                                    José Ángel Valente


 


Se van muriendo uno tras otro
como en las películas de náufragos
o de aviones estrellados en neveros incógnitos.

Sucumbió el portero de fútbol catequístico
y el bailarín de valses bajo la luz periódica de un faro

y el estudiante que sueña
un verano arqueológico en Egipto

y el insensato que sufre por unos ojos
que eran una sucursal del Cantábrico

y el posible profesor de español en Colorado.

Ahora está agonizando -es evidente- el aspirante a gran poeta
y no vivirá mucho el montañero que conoce por sus nombres
todas las aguas de Belagua y Zuriza.

No sé cuáles serán los supervivientes definitivos,
los miguel d'ors que lleguen a la última secuencia
-que según los antiguos es el paso de un río-,
pero le pido al Cielo que en aquel grupo esté, por favor,
el muchacho que una tarde,
mirándote mirar el escaparate de la librería Quera
en la calle Petritxol de Barcelona,
empieza a enamorarse de ti como un idiota.
 


                                                     Miguel D'Ors


 

Curso de submarinismo




Como anticipo a la pérdida,
un corazón que flota y sobrevive
a la riada de sueños encerrados en burbujas.

Como coraza contra la victoria,
agendas que no abandonan su jaula de jabón,
muertas sobre la placa de la ducha.

Hoy es epílogo

las horas construyen su ataúd junto a mi almohada.



                                                  Elena Medel

A mano amada



A mano amada,
cuando la noche impone su costumbre de insomnio
y convierte
cada minuto en el aniversario
de todos los sucesos de una vida;

allí,
en la esquina más negra del desamparo, donde
el nunca y el ayer trazan su cruz de sombras,

los recuerdos me asaltan.

Unos empuñan tu mirada verde,
otros
apoyan en mi espalda
el alma blanca de un lejano sueño,
y con voz inaudible,
con implacables labios silenciosos,
¡el olvido o la vida!,
me reclaman.

Reconozco los rostros.
No hurto el cuerpo.

Cierro los ojos para ver
y siento
que me apuñalan fría,
justamente,
con ese hierro viejo:
la memoria.

                                                             Ángel González

 

sábado, 29 de septiembre de 2012




Construyamos con orden y rigor la desorden de la vida: escribamos versos.
                                                         


                                                              Poeta anónimo del siglo XVII



jueves, 27 de septiembre de 2012

Lope. La noche. Marta.


He abierto la ventana. Entra sin hacer ruido
(afuera deja sus constelaciones).
«Buenas noches, Noche».
Pasa las páginas de sombra
en las que todo está ya escrito.
Viene a pedirme cuentas.

«Salí al rayar el alba -digo-.
Lamía el sol las paredes leprosas.
Olía a vino, a miel, a jara»
(Deslumbrada por tanta claridad
ha entornado los ojos).
La llevan mis palabras por calles, ascuas, no lo sé:
oye la plata de las campanadas.
Ante la puerta de la iglesia
me callo, me detengo -entraría conmigo
si yo no me callase, si no me detuviera-;
yo sé bien lo que quiere la Noche;
lo de todas las noches;
si no, por qué habría venido.

Ya mi memoria no es lo que era. En la misa del alba
no dije Agnus Dei qui tollis peccata mundi,
sino que dije Marta Dei (ella es también cordero de Dios
que quita mis pecados del mundo).
La Noche no podría comprenderlo,
y qué decirle, y cómo, para que lo entendiese.

No me pregunta nada la Noche,
no me pregunta nada. Ella lo sabe todo
antes que yo lo diga, antes que yo lo sepa.
Ella ha oído esos versos
que se escupen de boca en boca, versos
de un malaleche del Andalucía
-al que otro malaleche de solar montañés
llamara «capellán del rey de bastos»-
en los que se hace mofa de mí y de Marta,
amor mío, resumen de todos mis amores:
      Dicho me han por una carta
      que es tu cómica persona
      sobre los manteles, mona
      y entre las sábanas, Marta.

qué sabrá ese tahúr, ese amargado
lo que es amor.
La Noche trae entre los pliegues de su toga
un polvillo de música, como el del ala de la mariposa.
Una música hilada en la vihuela
del maestro del danzar, nuestro vecino.
En la cocina la estará escuchando Marta;
danzará, mientras barre el suelo que no ve,
manchado de ceniza, de aroma, de trigo candeal,
de jazmines, de estrellas, de papeles rompidos.
Danza y barre Marta.

Pido a la Noche que se vaya. Hasta mañana, Noche.
Déjame que descanse. Cuando amanezca regaré el jardín,
saldré después a decir misa
-Deus meus, Deus meus, quare tristis est anima mea-
luego volveré a casa, terminaré una epístola en tercetos,
escribiré unas hojas
de la comedia que encargaron unos representantes.
Que las cosas no marchan bien en el teatro,
y uno no puede dormirse en los laureles.

Hasta mañana, Noche.
Tengo que dar la cena a Marta,
asearla, peinarla (ella no vive ya en el mundo nuestro),
cuidar que no alborote mis papeles,
que no apuñale las paredes con mis plumas
-mis bien cortadas plumas-,
tengo que confesarla. «Padre, vivo en pecado»
(no sabe que el pecado es de los dos),
y dirá luego: «Lope, quiero morirme»
(y qué sucedería si yo muriese antes que ella).
Ego te absolvo.

Y luego, sosegada, le contaré, para dormirla,
aventuras de olas, de galeones, de arcabuces, de rumbos marinos,
de lugares vividos y soñados: de lo que fue
y que no fue y que pudo ser mi vida.

Abre tus ojos verdes, Marta, que quiero oír el mar.


 


                                                                                  José Hierro
                        

Carta de noche a Carlos

 
 
 
Carlos yo te escribo trece trenes
trinos trece te estremece
y te envío mecedoras
a tu casa.
Que tu casa es una cosa
que no pasa.
En el filo sutilísimo te escribo
del estribo.
Puesto el pie en el mismo digo
como sigo por el hilo de tu higo
en el higo sutilísimo que sigo.
De mi casa a la tu casa sigo sigo
enviando mecedoras rutilantes.
Por la noche duermo, sueño, como, orino,
sueño papa manos pone tuyos hombros
cara tiene nívea cera transparente
gesto ambiguo de sus labios mucho temo
pasan cabras por sus ojos, dame leche
y en un coche por la estrecha remolacha
por los siglos de los siglos que me orino.
Pasan ciervos por mis ojos
luchan truchas en mi lecho
por debajo pasa el grajo, por la orilla la abubilla.
Que mis huesos son de corcho sueño a veces
y las heces que vomito son como oro.
Un gigante se aparece cada noche
y me dice cada cosa cada cosa,
cada cosa que no entiendo va y me dice.
No me llama por mi nombre el gigante ese
ni me tira de la oreja.
Te pregunto Carlos ahora por qué escribo
y te envío mecedoras.
Si te cuento lo que sueño no entristezco
a ningún amigo bueno que me escucha
por lo menos así pienso entumecido
ya a las puertas de esta noche.
¿Qué me espera?¿Quién se agita en la penumbra
que los párpados me cierra suavemente?
He aquí pues que vuelvo al sueño como un guante
del conejo que hay delante de mi fuente.
Guardo un trozo de casulla del gigante
pongo botas quito manías culego abrigos
traigo trapos y amontono las almohadas.
En un hoyo me cobijo, me hago el muerto
y en espera de que el sueño llegue aúllo.
Vuelve el viento, la casulla, la osamenta,
el gigante, el calcetín y la abubilla.
Mientras tanto, Carlos, rápido te envío mecedoras.
¿Las entiendes? ¿Tú las ves que te las mando?
Si entre tanto te lo cuento estate atento
al bicho ese que se sube por las barbas
es un tanto alocadillo y come mucho.
Al abrigo de la noria está la liebre
el molino escupe hilera de cipreses
el anciano da patadas al pesebre
el obispo zurce el culo de la avispa
y en el mango de la escoba vive el piojo.
¿No ves Carlos por la noche tú también
un portero con al hombro una escopeta?
¿Tiene una hija ese portero tú también?,
con la mano me hace señas y me enseña
una cosa mucilaginosa. ¿A ti no?
¿He de decir que me canso, que de cansar estoy vivo?
¿O he de decir que me vivo, que de vivir estoy canso?
Le me I write you, my dear.
Digo que me digas que digo
a estas cuatro paredes mi pena
mi congoja de hombre destartalado.
¿Soy yo cura, ámbito habito
o es el hábito del obispo
que hace al monje o no lo hace?
Sigo enviándote mecedoras,
cuídalas, límpialas, pómpalas,
góndolas, lámparas, ordéñalas,
albérgalas en tu pecho
que el sultán viejo lo dice:
si el refrán mata a la rata
pon tu casa enjabelgada
que a decir viene lo mismo.

 


Eduardo Chicharro

 

 



Elegía




Me envuelvo en tu recuerdo
como en nieblas secretas que me apartan del mundo.
En la calle sonrío al amigo que pasa,
y nadie,
nunca nadie
adivinó mi muerte bajo aquella sonrisa
ni el frío sin consuelo de mis ojos que ciegan
pidiendo de los tuyos más desdén,
más veneno.
Ahora que la tarde se derrumba en las sombras,
y que el libro de versos resbala por mis manos,
ahora que la lluvia llora por los cristales
de mi ventana,
y llanto va a caer de mis ojos,
antes de que una mano encienda la dorada
llama de mi quinqué,
dime si tú no sueñas en tu balcón, ahora
que la lluvia nos une a los dos con sus lágrimas,
o si sobre el teclado de tu piano oscuro
agoniza Chopin
bajo tus manos trémulas.
Nunca sabrás el loco deseo que me tortura
de cautivar tus labios bajo mi boca ávida,
y sentir el latido de tu sien en mi mano
aprisionada como un pájaro aterido.
Pero no sabrás nunca nada de mi deseo.
Nada de cuando pienso desgarrar con mis dientes
los azules canales de tus venas
y juntos
morirnos desangrados, confundidas las sangres.
Pero estamos ajenos.
Yo sigo en mi ventana,
y tú soñando en otro mientras Chopin suspira,
ahora que aún no arde en mi quinqué la luz
y que a los dos nos une la lluvia con sus lágrimas.

 


Pablo García Baena

 

 

 


Bien que te gustaría confiésalo lanzarte
de bruces al abismo devorar para siempre
esas terribles ganas que humedecen tus sueños
y en tus pechos habitan enjauladas...

Dale suelta a ese inmenso poder embalsamado
momia viviente abre las compuertas:
verás cómo florecen dos volcanes
en el lugar que el hielo
cerrara la clausura y perdiera la llave...
Encárate al ariete que reclama en tu puerta
la entrada por lo menos en cada primavera:
verás cómo te llenas de caballos salvajes
y de luz que produzcan tus turbinas de sangre...

Pero, antes, mastica la medalla
de dirección prohibida que cuelga de tu cuello.

 

 


                                                                Aníbal Núñez



Serenidad, tú para el muerto,
que yo estoy vivo y pido lucha.
Otros habrá que te deseen:
ésos no saben lo que buscan.
Si se durmieran nuestras almas,
si las tuviéramos maduras
para mirar inconmovibles,
para aceptar sin amargura,
para no ver la vida en torno
apasionadamente nunca,
duros y fríos, como piedra
que sopla el viento y no la muda...

Almas claras. Ojos despiertos.
Oídos llenos de la música
del dolor. Los dedos felices,
aunque los hieran las agudas
espinas. Todo el sabor agrio
de la vida, en la lengua.

                              «Nunca
podrás mojar tu pie en el río
en que ayer lo mojaste. Busca
la eternidad, vive en la alta
contemplación de su figura.»

Palabrería de los libros
de la que deja el alma turbia.
Serenidad que se nos vende
por librarnos de la tortura,
por llenarnos de sueño el alma
y rodeárnosla de bruma.
Serenidad, tú para el muerto.
El hombre es hombre, y no le asusta
saber que el viento que hoy le canta
no volverá a cantarle nunca.
Serenidad, no te me entregues
ni te des nunca,
aunque te pida de rodillas
que me libertes de mi angustia.
Será que vivo sin saberlo
o que deserto de la lucha.
Tú no me escuches, no me eleves
hasta tu cumbre de luz única.

Palabrería de los libros
de la que deja el alma turbia.
Yo también me hago un poco libro,
me duermo el alma...

                          Luz difusa.
La madrugada se desgaja
agria y azul, como una fruta.
Cantan los pinos a lo lejos.
Un niño llora. Las desnudas
mujeres y hombres silenciosos
salen despacio de las últimas
sombras. Los pájaros me esperan.
Se alzan las olas. (Me preguntan
por qué.) Campanas... (Ayer niebla,
hoy claro sol y luego lluvia...)
¿Por qué? Las hojas se estremecen...

    Voy inundándome de música.

 


                                                                                        José Hierro

 

sábado, 22 de septiembre de 2012

La salida



                                                            A Vicente Aleixandre


En el andén, la despedida
corta y fugaz como las lágrimas.
Después el paso largo
a través de arrabales perezosos,
los primeros yerbajos, los desmontes
donde se amontonaban las basuras,
el cinturón de lo olvidado, hombres
que alzaban su silueta indiferente
y seguían despacio.
Luego el campo,
las desnudas hileras de los álamos
en dirección contraria a nuestro pecho
caminando veloces.
Entrábamos en túneles espesos
conteniendo la vida con angustia
en el espacio entre dos respiraciones.
Parecía la sombra demasiado larga,
demasiado honda e invencible.
Pero al cabo saltaba, siempre otra vez, la vida
del lado de la luz,
donde el humo quedaba
como una mano lenta
que se desvaneciera en la caricia.

Y luego el sueño
y el despertar y el sueño y más sombra
por donde caminábamos a tientas
braceando, luchando,
hasta caer de pronto en un aire sin fondo
donde apenas pesaban nuestros cuerpos.

Luchando a solas contra el sueño.
Siempre.
En la alta vigilia
conjurando mi vida
contra su maleficio.

Como una atleta oscuro
ha avanzado
invadiéndolo todo. Apenas
resiste el pensamiento,
allá en lo hondo,
a su dominio.

Un gallo canta lejos,
remoto, en la frontera
difícil de la sombra.
Siempre, siempre.
Y a la luz me encomiendo.


No sé cuánto camino
llevamos recorrido
ni cuánta sombra
ni cuánta luz hemos dejado lejos.
Y, ¿quién podría ahora
asomarse, mirar,
llevar la cuenta,
horadar la distancia a centenares
de leguas más atrás,
de descensos veloces,
de arduar ascenciones, todo
en un solo relámpago?

Entre la velocidad y la quietud
de la parada súbita
ya el nuevo caminar
y el tiempo
y el enorme vacío
que abre sus fauces entre dos segundos,
resbalamos despacio.
¿Es esto el mar,
su olor salobre a mar y las embarcaciones
a remo, a vela, a punta de puñal
rascando el pecho tembloroso del agua?
Como una gaviota
en grandes círculos
bajo al centro mismo de mi infancia
y un niño me persigue
dando voces crueles,
arrojándome piedras
de inocencia y de blancura.
Y ¿quién podría huir?
¿Es esto el mar?
¿Es esto el cadáver de alguien
a quien hemos amado
y todavía nos aguarda
con la paciencia del amor total?

Henos al cabo sitiados,
rodeados de figuras lejanos
que mastican
una ceniza humedecida y triste
u nos hablan de tú,
de "tú regresas,
tú recuerdas, tú sabes..." más y más y no podemos
reconocer a nadie en tantos rostros.
Este es el banquete 
solemne que me ofrecen,
el banquete de todo lo que el polvo 
ha reducido a polvo, mientras
aquel niño que fui,
la odiosa criatura 
que no olvida mi nombre,
me llama cruelmente,
se sube a los tejados,
trepa a las torres hasta ensordecerme
y convocando años y cadáveres
irremediablemente me condena.

De cuantos reinos tiene el hombre
el más oscuro es el recuerdo.

Oh qué feroz acometida
contra una vida tantas muertes.

La sombra cierra a las espaldas
con un bramido lento y sordo.

Sobre las huellas del que huye
su ciego reino se proclama.

Este es el llano
que reúne a los hombres
en la fertilidad y en los abrazos.
Primero el trigo
y después las ciudades.
Suben más viajeros 
que repiten las mismas actitudes;
alguien se desespera mientras suena
la orden de partida en altavoces
cuya capacidad llega a tres leguas
sobre las despedidas silenciosas.

Una torre levanta su estatura.
Un pájaro planea
y cae después veloz sobre su presa.
Un perro corre a nuestro paso,
ladra y lo apaga la distancia.
Un niño. Una ventana
tremendamente próxima y en ella
una muchacha que puede estar cantando,
aunque no sé si canta, o que podría
estar fingiendo estar y no haber existido.
Después declina el día.
Se oye el rumor de las conversaciones.
Alguien pregunta en otra lengua
por la puntualidad de la llegada,
pero no importa a dónde. El horizonte
se hace más hondo ahora.
En los pequeños pueblos
el humo hace señales
de paz y de distancia.
Al borde de un camino,
un cementerio de lugar.
Tal vez todas las lápidas 
rezan con voz monótona:
"Viajero, detente..."
Pero no hay tiempo, amigos,
bajo la lluvia: amigos,
enemigos, parientes, conocidos,
niños súbitos,
prolongados abuelos.
                                   No, no hay tiempo,
aunque todo nos lleve a idéntico destino.

Nocturnamente,
mientras yacemos en el lecho
y nos ata el amor
al hilo de la especie
y somos sangre
y sentimos
la gravedad desnuda de los cuerpos,
tú que velas sobre la tierra
-luna de claridad,
nocturnamente-
en el mismo lugar donde cayeron
hacia el abandono,
da paz a nuestros muertos.

Casi, entre dos imágenes
que pasan velozmente
ante nuestras pupilas,
no hay un espacio para un pensamiento.
Un río queda atrás, después
una pequeña casa arruinada
por la guerra tal vez o por el tiempo
o sólo porque se desmoronaron los suspiros.
Pasamos
con un ruido sordo
al borde de un abismo
de muchos pies,
casi sin darnos cuenta
o dejando caer una palabra
que jamás llega al fondo,
mientras nos alejamos
y más y más
imágenes veloces nos envuelven.
Van devorándose
unas a otras sin cesar y tantas
presencias hacen solamente un olvido.
No podríamos retenerlas
o quedarnos al menos con una sola
que fuese nuestra,
no sujeta a la muerte.
Cien veces más veloz
que nuestro pensamiento,
pasa de amor a olvido
ciegamente la vida.
No podemos pensarla. No podemos
pensar... Pasar, pasar, podemos
solamente pasar, como ahora paso
de un monte a un río, de una voz al eco
de una voz: lejanos
árboles, sembrados,
una ciudad, los campos,
campos, campos... Solamente pasar,
dejar atrás la inmensa
extensión del olvido. 

Por eso ahora,
a medio caminar,
en medio del camino
-porque éste es el camino
y no lo ignoro- digo
otra vez la plegaria:
"Que despertemos en tu nombre,
que despertemos en tu reino,
que despertemos en tu duración
así en la tierra
como en el cielo,
Padre".

Sé cuál es mi destino
pero no lo conozco.

Difícil es partir
cuando arrancarse a todo lo que amamos
duele tanto en los labios.
Amargas son entonces las palabras
y se abre el alma
como la piel de un fruto.
que al cabo no pudiera
contener su semilla.

Como a la madurez de la estación sucede
la inexorable gravedad de la espiga,
todo se hace destino.
Hemos andado mucho
apartando la muerte,
como se apartan los arbustos
y su enmarañada oscuridad en el bosque
para ver más allá.
Ahora sumo imágenes,
rostros, acciones, nombres,
peso el amor.
Ésta es la cuenta al cabo:
estamos solos.
Alrededores son, postrimerías,
ecos remotos cuando llega ahora
de más allá de la distancia.

Como los animales en la selva
escuchan el reclamo
del cazador 
y se hacen sólo olfato,
en silencio esperamos.

Al fin nos hemos detenido.
                                          Todo
se hace destino.
                           Recojamos
el pequeño bagaje improvisado,
porque no había tiempo
más que para partir
cuando partimos.
Descendamos después
y entre la multitud de los que llegan,
con paso lento
y el corazón entero en la firmeza,
ingresamos despacio en la enorme salida.


                                               
                                                   José Ángel Valente




viernes, 31 de agosto de 2012

Después de todo, todo ha sido nada...





Después de todo, todo ha sido nada,
a pesar de que un día lo fue todo.
Después de nada, o después de todo
supe que todo no era más que nada.
Grito «¡Todo!», y el eco dice «¡Nada!»
Grito «¡Nada!», y el eco dice «¡Todo!»
Ahora sé que la nada lo era todo.
y todo era ceniza de la nada.
No queda nada de lo que fue nada.
(Era ilusión lo que creía todo
y que, en definitiva, era la nada.)
Qué más da que la nada fuera nada
si más nada será, después de todo,
después de tanto todo para nada.



                                          José Hierro