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domingo, 16 de diciembre de 2012

La canción de la lluvia



Tus ojos son dos bosques de palmeras al rayar la mañana,
o como dos colinas de las cuales la luna se alejara.
Al sonreír tus ojos, se renuevan los pámpanos
y danzan las luciérnagas. Como lunas que el remo
agitara en el río, suavemente, al lucir la alborada.
Con estrellas que laten en sus órbitas hondas.

Tus ojos se han bañado en una tenue neblina de tristeza,
como un mar que acaricia la tarde con sus manos.
Como un mar pequeñito, con temblores de otoño.
Con la muerte y la vida, con la luzy las sombras.
Y mi espíritu todo ente ti se despierta
con el temblor del llanto
y una embriaguez salvaje abrazada a los cielos.
Como un niño enbriagado que temiera a la luna.
Igual que si las nubes, empapadas,
gota a gota fundiéranse en la lluvia.
Como risas de niños entre parras.
O el silencio punzante de unos pájaros,
la canción de la lluvia...
Y llueve...
Y llueve...
Y llueve...

En el bostezo abierto de la tarde,
los negros nubarrones siguen vertiendo llanto.
Todo es igual que un niño que delira en la noche
y que llama a su madre, perdida un año antes.
Al que dicen: Vendrá... Ha de volver, sin duda,
aunque saben que está a la orilla del monte,
nutriéndose en la tierra y bebiendo la lluvia.
Dormida en el sepulcro.
O igual que un pescador que recogiera, tristemente,
las redes,
maldiciendo a las aguas y al destino.
Derramando sus cantos al ponerse la luna.
Y llueve...
Y llueve...
Y llueve...

¿Tú sabes la tristeza que se alza d la lluvia,
y cómo la repiten las goteras?
¿Qué perdido se siente el que está solo?...
Sin fin. Como la sangre derramada.
Como el amor, el hambre, los niños o la muerte.
Sin fin. Así es la lluvia.
Tus pupilas me miran mientras llueve;
y a través de las olas, los relámpagos
van limpiando con conchas y luceros las costas del Iraq,
en tanto que la noche las recubre de sangre.
Yo grito: ¡Oh, Golfo Arábigo!...
¡Oh, tú, dador de perlas, de conchas y arrecifes!...
Y el eco suspirante me retorna:
¡Oh, golfo!... ¡Golfo Arábigo!...
¡Oh, tú, dador de conchas y arrecifes!...

Oigo el Iraq armarse con el trueno
y almacenar relámpagos en llanos y montañas.
Sin una gota de agua por el viento.
Sin una huella d agua sobre el valle.

Ya oigo a las palmeras bebiéndose la lluvia;
quejarse a las aldeas, y entre tanto,
los emigrantes luchan contra el trueno,
el Golfo y las tormentas,
con las velas y con remos, repitiendo:
Y llueve...
Y llueve...
Y llueve...

Y en el Iraq hay hambre, pero al llegar la siega
se tiran las cosechas.
Para que se harten cuervos y langostas.
Y se muelen las piedras, sin embargo.
Y los molinos giran, en los campos, tirados por los hombres.
Y llueve...
Y llueve...
Y llueve...

Desde que éramos niños,
los cielos se cubrían de nubes en invierno,
y llovía a torrentes.
Y siempre, cada año
-a pesar de la hierba surgida nuevamente-,
nos sentíamos hambrientos.
Ni un solo año pasó sin hambre en el Iraq.
Y llueve...
Y llueve...
Y llueve...

Cada gota de lluvia
es un capullo rojo o amarillo.
Cada gota de sangre de un esclavo,
cada lágrima hambrienta que se vierte.

Como un sueño del mundo de mañana
en boca de un bebé.
De un mañana que traiga nueva vida.
Y llueve...
Y llueve...
Y llueve...
La lluvia cubrirá de hierba todo Iraq.

Yo grito: ¡Oh, Golfo Arábigo!...
¡Oh, tú, dador de perlas, de conchas y arrecifes!...
Y el eco, en un suspiro,
me devuelve:
¡Oh, Golfo! ¡Golfo Arábigo!
¡Oh, tú, dador de conchas y arrecifes!...
Y el Golfo desparrama sus dones en la arena:
sus amargas espunas y sus conchas;
y los huesos que quedan de un náufrago emigrante
que bebióse la muerte en el fondo del Golfo.

En el Iraq, mil víboras se van bebiendo el néctar
de la flor que rocía el Eúfrates.
Pero escucho ya el eco
retumbar en el Golfo.
Y llueve...
Y llueve...
Y llueve...

Y cada gota de lluvia
es un capullo rojo o amarillo.
Cada gota de sangre del esclavo.
Cada lágrima hambrienta que se vierte.
Como un sueño del mundo de mañana
en boca de un bebé.
De un mañana que traiga nueva vida.

Mientras llueve a torrentes.


                             Badr Shakir Al-Sayyab (Pedro Martínez Montávez)

sábado, 8 de diciembre de 2012

El muerto número 18



El olivar fue una vez un bosque verde.
Fue, amado, y el cielo
un bosque azul.
¿Qué los ha hecho cambiar esta tarde?

Pararon el camión de los obreros en medio del camino
(Tranquilamente)
Y nos pusieron de cara a Oriente
(Tranquilamente)

Mi corazón fue una vez un pajarillo azul.
¡Oh, nido de mi amado!
Tus pañuelos conmigo, todos blancos.
Fueron, amado mío...
¿Qué ha podido mancharlos esta tarde?
Porque no entiendo nada:

Pararon el camión de los obreros en medio del camino
(Tranquilamente)
Y nos pusieron de cara a Oriente
(Tranquilamente)

Tienes todas mi cosas:
la claridad, la sombra,
el anillo de boda, lo que quieras,
el cercado de olivos
y de higueras.
Entrándote en el sueño, por la ventana,
llegaré hasta tu lado como todas las noches,
y te echaré un clavel.
Pero no me regañes si me retraso un poco,
porque me detuvieron...
El olivar estaba siempre verde.
Estaba, amado mío.
Pero cincuenta víctimas
le hicieron roja alberca
en el ocaso.
Cincuenta, amado mío...
Pero no me regañes.
Me asesinaron.
Me asesinaron.
Me asesinaron.


                          Mahmud Darwish (traducción de Pedro Martínez Montálvez)



Amantes en el exilio



- Y yo...
-¿Y tú?
-Yo estoy solo.
Como la gota de lluvia estéril.
-¿Y esos?
-Como tú y como yo, cavan sus tumbas
por el muro.
Como tú, y como yo, están esperando
a quien no vuelve.
Yo. Tú. Y esos.
Cual la cabra apestada que ha expulsado el rebaño,
no podemos... ¡Ay, y si pudiéramos,
el muro,
y los pequeños, esperando
como impugnable dique!
No podemos.
Yo. Tú. Esos.
Los insignificantes.
Y el sol que abraza las casas del camino
y extiende por el alma la nostalgia del llanto.
Unas flores mueren en los jarros.
Una vieja canción que los niños entonan.
Buhoneros.
Los insignificantes regatean los restos
de un águila pequeña
que se llama conciencia.
Yo. Tú. Esos.
Cual la cabra apestada que ha expulsado el rebaño,
sin primavera estamos,
sin primavera y casa
desde el oriente hasta el ocaso.
Desde el ocaso hasta el oriente
seguimos esperando
a quien no vuelve.
Nada vivo palpita -¡ay, dolor!
por las sendas,
ni en los odiosos muros.
Nada vivo palpita
aquí.
Aquí tan sólo
la espantosa nada.
Nada...
El sol se va poniendo.
Y las casas bostezan.
Y bostezan los niños a la puerta.
E indiferentemente, regatean y pregonan:
"¡Áquilas!... ¡A la venta!
¡Más útiles que jarros sangrientos
y que flores!"

Yo. Tú. Y ésos...
Seguimos esperando.
Y la noche nos sigue,
como un perro famélico,
a través de los muros.

                                     Abdel-Wahhab Al-Bayati (traducción de Pedro Martínez Montávez)