Antología sin fechas e índice de autores. Sólo busca la provocación. Y crecerá de forma tan caótica como ha nacido. Que lo disfruten.
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sábado, 22 de septiembre de 2012
La salida
A Vicente Aleixandre
En el andén, la despedida
corta y fugaz como las lágrimas.
Después el paso largo
a través de arrabales perezosos,
los primeros yerbajos, los desmontes
donde se amontonaban las basuras,
el cinturón de lo olvidado, hombres
que alzaban su silueta indiferente
y seguían despacio.
Luego el campo,
las desnudas hileras de los álamos
en dirección contraria a nuestro pecho
caminando veloces.
Entrábamos en túneles espesos
conteniendo la vida con angustia
en el espacio entre dos respiraciones.
Parecía la sombra demasiado larga,
demasiado honda e invencible.
Pero al cabo saltaba, siempre otra vez, la vida
del lado de la luz,
donde el humo quedaba
como una mano lenta
que se desvaneciera en la caricia.
Y luego el sueño
y el despertar y el sueño y más sombra
por donde caminábamos a tientas
braceando, luchando,
hasta caer de pronto en un aire sin fondo
donde apenas pesaban nuestros cuerpos.
Luchando a solas contra el sueño.
Siempre.
En la alta vigilia
conjurando mi vida
contra su maleficio.
Como una atleta oscuro
ha avanzado
invadiéndolo todo. Apenas
resiste el pensamiento,
allá en lo hondo,
a su dominio.
Un gallo canta lejos,
remoto, en la frontera
difícil de la sombra.
Siempre, siempre.
Y a la luz me encomiendo.
No sé cuánto camino
llevamos recorrido
ni cuánta sombra
ni cuánta luz hemos dejado lejos.
Y, ¿quién podría ahora
asomarse, mirar,
llevar la cuenta,
horadar la distancia a centenares
de leguas más atrás,
de descensos veloces,
de arduar ascenciones, todo
en un solo relámpago?
Entre la velocidad y la quietud
de la parada súbita
ya el nuevo caminar
y el tiempo
y el enorme vacío
que abre sus fauces entre dos segundos,
resbalamos despacio.
¿Es esto el mar,
su olor salobre a mar y las embarcaciones
a remo, a vela, a punta de puñal
rascando el pecho tembloroso del agua?
Como una gaviota
en grandes círculos
bajo al centro mismo de mi infancia
y un niño me persigue
dando voces crueles,
arrojándome piedras
de inocencia y de blancura.
Y ¿quién podría huir?
¿Es esto el mar?
¿Es esto el cadáver de alguien
a quien hemos amado
y todavía nos aguarda
con la paciencia del amor total?
Henos al cabo sitiados,
rodeados de figuras lejanos
que mastican
una ceniza humedecida y triste
u nos hablan de tú,
de "tú regresas,
tú recuerdas, tú sabes..." más y más y no podemos
reconocer a nadie en tantos rostros.
Este es el banquete
solemne que me ofrecen,
el banquete de todo lo que el polvo
ha reducido a polvo, mientras
aquel niño que fui,
la odiosa criatura
que no olvida mi nombre,
me llama cruelmente,
se sube a los tejados,
trepa a las torres hasta ensordecerme
y convocando años y cadáveres
irremediablemente me condena.
De cuantos reinos tiene el hombre
el más oscuro es el recuerdo.
Oh qué feroz acometida
contra una vida tantas muertes.
La sombra cierra a las espaldas
con un bramido lento y sordo.
Sobre las huellas del que huye
su ciego reino se proclama.
Este es el llano
que reúne a los hombres
en la fertilidad y en los abrazos.
Primero el trigo
y después las ciudades.
Suben más viajeros
que repiten las mismas actitudes;
alguien se desespera mientras suena
la orden de partida en altavoces
cuya capacidad llega a tres leguas
sobre las despedidas silenciosas.
Una torre levanta su estatura.
Un pájaro planea
y cae después veloz sobre su presa.
Un perro corre a nuestro paso,
ladra y lo apaga la distancia.
Un niño. Una ventana
tremendamente próxima y en ella
una muchacha que puede estar cantando,
aunque no sé si canta, o que podría
estar fingiendo estar y no haber existido.
Después declina el día.
Se oye el rumor de las conversaciones.
Alguien pregunta en otra lengua
por la puntualidad de la llegada,
pero no importa a dónde. El horizonte
se hace más hondo ahora.
En los pequeños pueblos
el humo hace señales
de paz y de distancia.
Al borde de un camino,
un cementerio de lugar.
Tal vez todas las lápidas
rezan con voz monótona:
"Viajero, detente..."
Pero no hay tiempo, amigos,
bajo la lluvia: amigos,
enemigos, parientes, conocidos,
niños súbitos,
prolongados abuelos.
No, no hay tiempo,
aunque todo nos lleve a idéntico destino.
Nocturnamente,
mientras yacemos en el lecho
y nos ata el amor
al hilo de la especie
y somos sangre
y sentimos
la gravedad desnuda de los cuerpos,
tú que velas sobre la tierra
-luna de claridad,
nocturnamente-
en el mismo lugar donde cayeron
hacia el abandono,
da paz a nuestros muertos.
Casi, entre dos imágenes
que pasan velozmente
ante nuestras pupilas,
no hay un espacio para un pensamiento.
Un río queda atrás, después
una pequeña casa arruinada
por la guerra tal vez o por el tiempo
o sólo porque se desmoronaron los suspiros.
Pasamos
con un ruido sordo
al borde de un abismo
de muchos pies,
casi sin darnos cuenta
o dejando caer una palabra
que jamás llega al fondo,
mientras nos alejamos
y más y más
imágenes veloces nos envuelven.
Van devorándose
unas a otras sin cesar y tantas
presencias hacen solamente un olvido.
No podríamos retenerlas
o quedarnos al menos con una sola
que fuese nuestra,
no sujeta a la muerte.
Cien veces más veloz
que nuestro pensamiento,
pasa de amor a olvido
ciegamente la vida.
No podemos pensarla. No podemos
pensar... Pasar, pasar, podemos
solamente pasar, como ahora paso
de un monte a un río, de una voz al eco
de una voz: lejanos
árboles, sembrados,
una ciudad, los campos,
campos, campos... Solamente pasar,
dejar atrás la inmensa
extensión del olvido.
Por eso ahora,
a medio caminar,
en medio del camino
-porque éste es el camino
y no lo ignoro- digo
otra vez la plegaria:
"Que despertemos en tu nombre,
que despertemos en tu reino,
que despertemos en tu duración
así en la tierra
como en el cielo,
Padre".
Sé cuál es mi destino
pero no lo conozco.
Difícil es partir
cuando arrancarse a todo lo que amamos
duele tanto en los labios.
Amargas son entonces las palabras
y se abre el alma
como la piel de un fruto.
que al cabo no pudiera
contener su semilla.
Como a la madurez de la estación sucede
la inexorable gravedad de la espiga,
todo se hace destino.
Hemos andado mucho
apartando la muerte,
como se apartan los arbustos
y su enmarañada oscuridad en el bosque
para ver más allá.
Ahora sumo imágenes,
rostros, acciones, nombres,
peso el amor.
Ésta es la cuenta al cabo:
estamos solos.
Alrededores son, postrimerías,
ecos remotos cuando llega ahora
de más allá de la distancia.
Como los animales en la selva
escuchan el reclamo
del cazador
y se hacen sólo olfato,
en silencio esperamos.
Al fin nos hemos detenido.
Todo
se hace destino.
Recojamos
el pequeño bagaje improvisado,
porque no había tiempo
más que para partir
cuando partimos.
Descendamos después
y entre la multitud de los que llegan,
con paso lento
y el corazón entero en la firmeza,
ingresamos despacio en la enorme salida.
José Ángel Valente
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